Hice mi primer video live.
Practiqué lo que quería decir, me hice la capa y escuché a George Michael antes para cargar energías.
Puse play y empezó el desastre.
Fui absorbida por un huracán de nervios y no hilé una palabra con otra— todo esto EN PÚBLICO. A nivel pedí corazones como apoyo. Pánico. Rápido, botón para terminarlo.
Borré la grabación y miré mi reflejo sin saber qué hacer.
Tenía 2 opciones: enterrarme en un pozo a llorar mi reputación destrozada… o grabar otro y asumir el mismo riesgo que me trajo a esta situación.
Justo en ese momento una amiga que había visto mi ataque de pánico me escribió que por favor siga, que le servía escuchar. Y me recordó porqué quise someterme a esta tortura en primer lugar: porque algo que me había sido útil a mí podía serle útil a alguien más.
Así que elegí la opción 2 y el segundo live salió mejor—mucho mejor, al menos porque no incluyó ataque de pánico en vivo.
Cuando le conté a mi hermana, llorando de la risa, me dijo:
—¡Además vos sola te metiste en esto! ¡Nadie te pidió que lo hicieras!
Y es cierto, nadie me lo pidió. Pero se trata justamente de eso:
Yo no estaba lista. La situación no era la ideal. No habían garantías de ningún tipo.
De eso se trata.
Fue un ejemplo claro (y posiblemente extremo) de lo que quiero esparcir cada día con este blog:
Que no hace falta esperar —a que seas experto, a que alguien te elija o a que las condiciones sean las ideales— porque si lo hacés, vas a esperar toda tu vida.
Elegite vos. Da el primer paso. Animate a hacer algo sin la seguridad de que salga bien.
A mí me salió terrible—y después me salió mejor.
Esta anécdota y esta confianza me las gané.
Espero que vos también te ganes las tuyas.
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