Puse en pausa, durante una semana, el escribir acá todos los días (pero no en instagram). Me costó tomar la decisión. Después de varios meses de cumplir con el objetivo, romperlo tenía un peso mayor.
Empecé con este desafío para esculpir (al menos) un poco de tiempo de forma diaria y convertirlo en hábito. La propuesta detrás era ser disciplinada, más allá de si era un día bueno, malo, lleno de trabajo o de puras vacaciones. (Stephen King no tiene ningún día de descanso: escribe hasta en navidad. Seth Godin publica algo cada día. ¿Qué excusa tengo yo?)
Entonces, ¿por qué rompí el hábito?
Me encontré con amigas que no veía desde hace un año y que no sé cuando voy a volver a ver. Vivimos a más de 10 mil kilómetros y habernos encontrado no fue menos que un milagro.
En ese traqueteo emocional, tenía 2 opciones:
- Seguir escribiendo, en horarios impensados de la noche, a pesar de estar exhausta física, mental y emocionalmente.
- Estar presente en esa oportunidad única que se me dio y compensar, más adelante y de otra forma, los días que faltan.
Me costó, pero elegí la segunda. Me costó porque no me gusta no cumplir con lo que me propongo, menos si lo dije en público.
Pero aprendí que la disciplina ciega no es una buena maestra. Seguir con algo solo por seguir no tiene sentido.
No escribí, ni acá, ni en mis cuadernos, ni en mi logbook durante toda esta semana. No toqué un libro. Apenas dormí.
Fueron mis siete días de vacaciones, y me di el lujo de no pensar en nada. No me acuerdo la última vez que tuve ese reposo mental.
Así que acá estoy, con mi explicación y mis ganas de volver a la rutina de armar este espacio, virtual, subjetivo y mío.
¿Y si decepciono a alguien? pensé. La idea era no romper el hilo. ¿Qué sentido tiene seguir ahora?
El sentido que tiene es justamente ese: seguir. La vida nos pone obstáculos todo el tiempo. Lo importante es saber cómo reaccionar a ellos. Yo tomé la decisión que me pareció más acertada. No es necesario que otros coincidan conmigo. Solo yo tengo que estar segura de mis motivos. Quería estar segura de que la pereza no era un motivo, ni la resistencia interna de alguna voz boicoteadora susurrándome al oído.
Tenerse compasión es parte del proceso. Y cuando digo compasión no digo tenerse lastima ni engañarse a uno mismo. Me refiero a mirar las cosas con perspectiva y ofrecerse a uno mismo la misma amabilidad y paciencia que le darías a un amigo.
Escribir cada día me ayuda conocerme mejor. Fue importante para mí saber decir: bueno, tomemos una pausa. Lo que vale es volver a retomar después. No dejar que una sola piedrita en el camino se convierta en un mural que no pueda atravesar.
Se empieza. Se detiene. Se sigue.
Como todo.
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