—¿Alguna vez te pasó de sentir tanta envidia y asfixia mirando las redes sociales que te hace mal?— le pregunté a Michi mientras caminábamos al super. Me miró con cara rara así que le ofrezco más contexto:
—A veces veo a personas que hacen lo que yo quiero estar haciendo, o lo que pienso que quiero estar haciendo y siento que se me pudre algo adentro. Es horrible…
Escribir todos los días acá, sobre todo estando de viaje, se me está haciendo difícil. Fue más fácil hacerlo durante los dos meses cuando trabajaba más de 50 horas por semana que ahora, que estoy “sin hacer nada”. Pero me lo propuse y no quiero dar un paso atrás, así que sigo.
Pero para ser honesta, no es solo estar de viaje lo que me cuesta… Se me hace difícil escribir porque lo hice público. Cuando era yo sola, era más fácil. Nadie me leía. Solo yo sabía de la existencia de este blog y expresar sin filtro mis ideas, mis pensamientos se sentía menos riesgoso que ahora. Es impresionante cómo afecta la mirada del otro cuando sabemos que está del otro lado. Lo noto porque reemplazo algunas palabras por otras menos agresivas o más neutrales, explico más, trato de dar una imagen más amigable y de revelar menos intimidades…
Pero no es eso lo que quiero.
Creé este blog justamente para mostrar lo contrario.
Para ser humana. Para romper con las maquetas de vida que proyectamos en las redes. Para hacer mi parte minúscula para rehumanizar ciertas partes de internet y conectarlo a lo pulsante, a lo frágil y a lo milagroso de la vida fuera de él.
Pido disculpas —a vos si lees esto y también a mí misma— por haberme dejado llevar un poco por querer conseguir más likes y por la tentación de mostrar una maqueta en este espacio también. No se notó mucho acá, pero si lo noté en mí.
El ego es algo difícil de domesticar.
De eso hablaba con Michi, cuando le hice la pregunta.
Fueron las horas las que se encargaron en responderme.
La primera respuesta apareció con Yves, un señor canadiense con bigote, sentado al lado nuestro en un café. Estaba solo y nos sacó charla. Una joyita en forma de persona, nos contó de sus historias y nos reveló que estaba escribiendo una novela. Tímido al principio pero envalentonado ante nuestro interés, nos contó de qué trataba. Fue un regalo de Dios escucharlo, actuando, recreando diálogos y generando suspenso… A fin de cuentas, él conocía la historia —¡le salió entera de sí mismo!— pero nos la contaba como si fuese un espectador. Era un chico más, inmerso en el rapto y el entusiasmo y el juego de la historia.
No lo intelectualizó nunca. No lo justificó ni lo explicó. Jamás mencionó la palabra “creativo” ni “inspiración”. Era puro juego, con el único fin de jugar y de asombrarse, sin rastro de ego. “Yo, que estoy escribiendo una novela…” Solo curiosidad.
La segunda respuesta vino en un bar de jazz que (obviamente) nos recomendó Yves.
Tocó una banda de chicos no más grandes de 23 años. Es un placer ver a los músicos absortos cuando tocan, siempre me enamoro de todos mientras estén tocando. Pero ahí vi algo que no había visto nunca. El baijsta, de remera negra y pelo oscuro, estaba TELETRANSPORTADO en otro lugar, a otro ritmo, su cuerpo preso de una sinfonía que solo él escuchaba. No abrió los ojos un segundo en la hora que tocaron. Se hamacaba con los pies, su cabeza se movía tironeada de un lado a otro, hasta la boca movía, como si estuviese cantando una canción que nada tenía que ver con el jazz de los instrumentos.
Estaba ido y fue milagroso.
¿A donde se había ido? ¿En dónde estaba? ¿Qué era ese lugar? ¡Quiero ir!
Y con movimientos tan absurdos, tranquilamente el bajista podría tener miedo de ser objeto de burlas. Pero si lo hubiera tenido, nos hubiéramos perdido de esa música y de lo emocionante que era verlo inmerso en ella.
Como Yves contándonos de su libro, ninguno de los dos metía su ego de por medio. Era eso lo que necesitaba ver porque mi ego sí está acá conmigo y es él el que me causa angustia.
No quiero que este blog sea ninguna maqueta, sacrificada en la búsqueda de éxito externo. Espero que nadie lo lea, si eso significa sacrificar verdad por un “me gusta”.
Quiero saber cómo sumergirme en ese lugar de juego e improvisación sin tener miedo de cómo me veo mientras toco las cuerdas de lo que sea que salga de adentro.
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